Medio: Cartel Urbano Por: Daniel Fandiño / @sinsecuencia Foto: de Daniel Sierra Pais: Colombia

Este argentino es uno de los exponentes más curtidos a la hora de hacer grafiti, una práctica en la que se inició en 1994. Las temáticas que aborda en cada una de esas piezas, regadas por todo Argentina y el continente, suelen ser temas que incomodan a la sociedad como los desaparecidos de la última dictadura militar de su país o la violencia policial.

Lo primero que anticipa Nazza Stencil es que no da entrevistas en las que salga su cara y aclara que mantener el anonimato, para él, no obedece a una cuestión vanidosa de atraer seguidores ni a formalidades arraigadas entre muchos artistas urbanos. Al tapar su rostro, Nazza pretende desmitificar el ‘súper yo’ que muchas veces quiere ponerse por encima del trabajo que hace. “Lo que pinto es mucho más importante que lo que soy yo. Yo ya no pinto, lo que pinto me pinta. Muchas de las cosas que pinté han modificado mis hábitos y mi forma de pensar, y eso me parece más importante que el yo”. Estas ideas han dirigido su trabajo en las calles, el cual arrancó en 1994 y ha sido desde entonces una constante exploración de técnicas, entre las que sobresale el esténcil como la forma ideal para exponer historias y personajes que alimentan la memoria histórica para que no se repitan los hechos y le tiran bofetadas a la indiferencia.

Nazza Stencil se crió en La Matanza, un municipio de la provincia de Buenos Aires cuyo paisaje está marcado por los barrios obreros y los asentamientos precarios. Su acercamiento al esténcil se dio durante el bachillerato, cuando participó en unos talleres para producir la señalización de las instalaciones de la escuela. Al interés que le surgió por la pintura se le fue sumando, con los años, su activismo político, que lo ha hecho tocar temas que ponen el dedo en la llaga por lo incómodos que le resultan a la sociedad argentina: los desaparecidos que dejó la última dictadura militar en este país (1976 – 1983), el clamor de las Abuelas y las Madres de Plaza de Mayo, los caídos de la Guerra de las Malvinas y la estrepitosa destrucción de la cultura y población de los pueblos originarios de Argentina.

De hecho, una de sus principales referencias está en la Cueva de las Manos, un asentamiento arqueológico y de pinturas rupestres ubicado en La Patagonia. Esta cueva fue intervenida hace diez mil años por los Tehuelches, un conjunto de pueblos amerindios de los que hoy no hay más rastro que estas impresiones realizadas con saliva mezclada con minerales y sangre animal. Este es quizá uno de los primeros vestigios del esténcil en Latinoamérica, probablemente desvirtuado como arte rupestre. Aunque afirma que no tiene referentes y se referencia de todos, Nazza se deja influenciar por la literatura del uruguayo Eduardo Galeano, el escritor y pacifista argentino Osvaldo Bayer y el poeta uruguayo Mario Benedetti. Estos genios de las letras le han volado la cabeza y le han hecho querer generar y comprometerse con muchas de las cosas que ha hecho y que tienen mayor valor conceptual.

Bajo la insignia de conocer la historia porque es parte de lo que vivimos, Nazza ha plasmado rostros en la calle como el de Luciano Arruga, un adolescente cuya desaparición durante seis años y el posterior hallazgo de su cadáver en una fosa de NN, puso la lupa en el actuar violento de la policía bonaerense. Nazza inmortalizó el rostro de Luciano en La Matanza, cerca de donde había sido visto por última vez el joven, que tras su desaparición fue injustamente tildado de “pibe chorro” (delincuente) por parte de la policía. “Recuerdo que de pibe, en La Matanza, el hostigamiento era constante, porque el prototipo de ‘pibe chorro’, con el pelo largo, aspecto desarreglado, según ellos, consistía en vivir escapando al pedido de documentos porque si no los tenías te llevaban para averiguar antecedentes”.

Otro caso que Nazza ha expuesto en muros es el de Graciela Alberti, una joven arquitecta de la Universidad de Buenos Aires que fue secuestrada el 17 de marzo de 1980 y llevada al centro clandestino de detención que funcionaba dentro de la Escuela de Mecánica de la Armada en Buenos Aires. ”Había sacado una foto de la facultad donde estudiaba la chica desaparecida, pero la familia no conocía esa foto y cuando la pinté la descubrieron. Los sobrinos de ella, si bien no la conocieron, se criaron viendo fotos en las que siempre tenía el pelo largo y otras facciones que en esa foto no se veían. Entonces cuando la vieron en el muro dijeron que me había equivocado, que no era ella. Después las hermanas dijeron que sí era ella, fue muy loco… Esa imagen la pintamos en el centro donde la desaparecieron y hasta el día de hoy no se sabe de Graciela, no se sabe dónde está”.

Este virtuoso de la plantilla también desempolvó las latas de aerosol y se solidarizó con el caso de Santiago Maldonado, un artesano de 28 años que se había mudado a la patagónica ciudad de El Bolsón, cerca de Bariloche, en donde adelantó un activo apoyo al reclamo de las tierras ancestrales de los pueblos originarios, razón por la cual el 1 de agosto del año pasado, la Gendarmería Nacional desalojó una protesta en la que se encontraba Santiago, siendo esa la última vez que se le vio con vida. Nazza llevó a cabo un muro en la Universidad Nacional de Cuyo con el rostro de Santiago, cuyo cuerpo fue encontrado sin vida tres meses después de su desaparición a unos 300 metros río a arriba de donde le vieron por última vez.

Este año también le hizo un pequeño homenaje en dos latas de aerosoles a Cristian Felipe Martínez, “Teur”, el joven grafitero colombiano que fue asesinado el pasado mes de julio por un vecino en Buenos Aires. “Sentí la necesidad de hacer algo. Se está viviendo una paranoia social y pasa esto: matar a un pibe que está pintando en la calle. El tipo pensaba que estaba robando, y así estuviera robando, ¿cómo justicia eso?, ¿en qué cabeza le cabe sacarle la vida a un joven? Los valores están muy trastocados”. Así mismo, con su discurso y su trabajo se solidariza con causas sociales como las marchas estudiantiles que se han vivido durante las últimas semanas en Colombia, con los más de 300 líderes sociales asesinados en nuestro país y con las víctimas de los llamados falsos positivos y los desplazados.

Sus esténciles están en casi todos los países de Latinoamérica y en Colombia ha estado en dos ocasiones. La primera vez, en 2009, realizó una pintada en la Carrera Séptima en la que plasmó a una familia de desplazados por la violencia y usó como referencia a Los Ramones. En nuestro país ha trabajado muros en conjunto con Stinkfish, otro exponente latinoamericano del esténcil y con quien se conocen hace veinte años gracias a esta práctica.  “Siempre trabajé solo, por un lado es una virtud y por otro lado es un defecto. Compartí colaboraciones en muros, estuve con gente y eso lo hago de manera más colectiva porque me enriquece y me potencia un montón. Por otro lado está la cuestión del trabajo individual, donde no tienes que estar en un debate de ideas. Hay cosas que pienso y si quiero modificarlas lo hago. Es una ventaja ser yo mismo el que tiene que proyectarse, tengo un contrato conmigo y lo respeto”.

Su más reciente visita a nuestro país fue para participar como orador en la tercera edición de Movimiento CLIC, en donde brindó una charla enfocada en el hacer y el error y la reflexión por el crecimiento en relación a lo que se hace con el paso del tiempo. Allí insistió en la necesidad de una libertad de expresión genuina, no mentirosa. Durante este breve paso por el país también aprovechó para realizar pintadas en el centro de la capital, una de ellas con la colaboración de Stinkfish y Lorenzo Masnah del crew local APC o Animales, Poder, Cultura.